Desactivación de la bomba de la estación de El Pozo
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[editar] La mañana de los atentados
[1][2][3][4] El 11 de marzo de 2004, el TÉDAX “Pedro” entra de servicio en el GDE, sito en el Complejo Policial de Moratalaz, como operador número uno, el que se encarga del desarrollo técnico-operativo de la intervención y aborda la desactivación. El operador número dos sigue las directrices que le marca el número uno y le apoya técnicamente; ése es el reparto de papeles.
Poco después de las 8:00 horas se le ordena que se traslade a la estación de Atocha, al tren que había resultado siniestrado a la altura de la calle Téllez.
Se procede a precintar la zona y a establecer un perímetro de seguridad y de inmediato se inicia la búsqueda de nuevos explosivos. Los TÉDAX establecen un cinturón, que nadie puede traspasar, excepto ellos, para descartar la existencia de nuevos artefactos. Después de asegurar la zona se procederá a la búsqueda de restos, muestras, vestigios y pruebas.
Las bombas de los trenes de Atocha y Téllez fueron colocadas en los mismos vagones: los numerados 1, 4, 5 y 6. Sin embargo, en Atocha, falló la bomba del vagón 1. Y en El Pozo, estallaron las de los vagones 4 y 5 y fallaron dos, pero no podemos localizarlas con exactitud; en Santa Eugenia, una sola bomba explotó, destruyendo el vagón número 4. La hipótesis más probable es que los terroristas hayan decidido colocar las bombas siguiendo en todos los trenes una secuencia similar ¿por qué? Es de suponer que así evitaban colocar dos bombas en el mismo vagón, aumentando así la posibilidad de hacer daño.
[editar] En los focos de la explosión
“Pedro” se dirigió al lugar de la matanza, sabiendo ya que se había encontrado una bolsa sospechosa de dimensiones considerables (“Pedro” recalcó en el juicio que el tamaño resultó trascendente para levantar las sospechas de la Policía) en el vagón número 2 del tren de la calle Téllez. Cuando llegó, estaba depositada en medio del pasillo. Descartar ese bulto es lo primero que hace “Pedro”, que la abre y resulta ser una tartera con comida de un trabajador que viajaba en el tren; no tiene ninguna relación con los explosivos.
Después hay que revisar los vagones, moviéndose entre los cadáveres, con cuidado, controlando todos los objetos —en el tren y en las inmediaciones— para asegurar la zona. Recoger pruebas en estas condiciones era difícil, pues en un tren siniestrado hay innumerables componentes electrónicos, cableados, elementos metálicos deteriorados, retorcidos, chatarra. Y todo ello con el temor continuo a encontrar una bomba. Se deben recoger los elementos que se considera puedan pertenecer a los artefactos y servir para intentar reconstruir la configuración original de los mismos. Malo es no recoger suficientes pruebas de los artefactos, pero también recoger tal cantidad de pruebas que se colapse el laboratorio, la Policía, los peritos y la Justicia. “Pedro” declaró luego que la falta de discriminación del atentado le sumió en la perplejidad ante el atentado, que por sus características se parecía más a las masacres del 11-S que a otros atentados de ETA.
Durante aquella mañana se descubrieron dos artefactos explosivos, que se intentaron neutralizar mediante la colocación de una carga de hiperpotencia sobre la bolsa, sin inspeccionar la bomba. La carga de hiperpotencia es invento de los TÉDAX españoles, y consiste en un explosivo que aplica su onda expansiva sobre un recipiente con agua, la cual sale a tal presión, velocidad y potencia que, o bien desbarata la bomba que se trata de desactivar (en el mejor de los casos) permitiendo su análisis, o bien provoca el estallido por simpatía, (como ocurrió con la de Atocha y la otra bomba del Pozo) produciendo su destrucción. Tras la explosión de la bomba encontrada en Atocha los TÉDAX hacen autocrítica y admiten que quizás han puesto demasiado cerca la carga de la bolsa con la bomba. Las cargas de hiperpotencia, en principio, han de colocarse a cierta distancia para que se abra el recipiente contenedor del artefacto explosivo. En la segunda bomba que no explotó se prueba así, pero también explota. Está claro que no es el método adecuado para desactivar las bombas del 11-M.
“Pedro” trabajó toda la mañana y la tarde en Téllez, hasta que el juez del Juzgado nº 6, Juan Del Olmo Gálvez, de guardia, ordenó el levantamiento de los cadáveres. Entonces “Pedro” regresó a la base, donde comenzaron las llamadas de alarmas por encontrar bolsas sospechosas, bultos, etc. Habitualmente hay dos TÉDAX de guardia, pero el día 11 se amplió el servicio a tres técnicos de guardia, para hacer frente a la situación, que prometía ser la de mayor exigencia para los TÉDAX de toda la historia reciente española.
Se hicieron varias llamadas de este tipo.
[editar] La mochila de Puente de Vallecas
Regresan de una de ellas a la 1:40 o la 1:45 de la madrugada, ya del día 12. En torno a las dos de la mañana, se recibe una llamada procedente de la Sala del 091 —centro de coordinación de todas las actuaciones—, llamada que en concreto recepciona el propio “Pedro”, en la que se informa que en la comisaría de Puente de Vallecas hay una bolsa, entre las pertenencias de las personas que viajaban en el tren de El Pozo, que contiene en su interior un teléfono móvil del cual parten dos cables que a su vez se introducen en una bolsa azul de plástico con asas de color amarillo; todo ello contenido en otra de deportes. La descripción se corresponde, perfectamente con la configuración de los dos artefactos que aparecieron en la mañana del día anterior en las estaciones de Atocha y El Pozo, sólo que en este caso el continente es una bolsa de deportes, no una mochila. “Pedro” ordena a su interlocutor del 091 que comunique a los compañeros de la comisaría del Puente de Vallecas que procedan al desalojo de la misma.
A las 02:20 – 02:30 llegan a Puente de Vallecas, ya desalojada. Uno de los funcionarios de la Comisaría indica a “Pedro” la sala donde está la bolsa sospechosa. El TÉDAX se encierra con la bolsa, porque si hay un accidente y explota, será la única víctima. Empieza a inspeccionar la bolsa, confirmando en seguida que se trata de un artefacto explosivo. Pesa diez o doce kilos. Es, como se dijo, un teléfono móvil del cual parten dos cables de detonador —rabizas---- de colores azul y rojo, que se introducen en la bolsa de basura, que contiene una masa maleable al tacto. “Pedro” introduce el dedo en el interior y comprueba que se trata de una pasta blanquecina con textura característica, olor y aspecto de dinamita. Como es lógico, no puede precisar el tipo y marca, a la espera de los correspondientes análisis en laboratorio.
El teléfono está apagado. El especialista baraja varias posibilidades: ha fallado la batería; puede ser una trampa, puede haber un defecto en la fabricación. Lo primero es comunicar a la escala de mando la aparición de la bomba. Luego hay que decidir qué hacer con ella.
[editar] El traslado
El desalojo de los edificios próximos a la comisaría no es muy conveniente: es de madrugada, la gente está muy sensibilizada, se producirán escenas de pánico, confusión, caos; y se necesitarían muchos efectivos policiales para garantizar una evacuación adecuada y llevar a las personas a lugar seguro. Decide buscar un sitio con poco peligro donde intentar la desactivación. Para llevar allí la bomba, decide improvisar un dispositivo de traslado. “Pedro” habla con el jefe de Sala del 091 y con los funcionarios de Puente de Vallecas y pregunta si conocen algún descampado por las cercanías. Un funcionario le informa de que relativamente cerca se encuentra el parque Azorín que, por sus dimensiones, puede ser el lugar que está buscando para proceder a la desactivación sin riesgos para otras personas.
El dispositivo de traslado consiste en un convoy de tres vehículos, un coche radiopatrulla guía modelo “Z”, conducido por funcionarios de la comisaría que conocen el distrito; en segundo lugar irá “Pedro”, con la bomba, en otro vehículo radiopatrulla; el tercero sería el furgón TÉDAX con sus compañeros. Se establece una distancia de seguridad de unos cien metros aproximadamente entre vehículos y se circula por vía lo más amplia posible, todo para minimizar riesgos en caso de que se produzca algún imprevisto y explote la bomba.
La comitiva llega sin novedad al parque. “Pedro”, analizando las condiciones del lugar, decide colocar la bomba lo más alejada posible de los edificios que hay detrás, de forma que si se produce la detonación no los alcance. En la comisaría no se realizó radiografía, para evitar el peligro de una explosión provocada por los rayos x sobre los componentes del artefacto), pero ahora se puede hacer. Como el portaplacas es pequeño, solo observa la parte del teléfono, donde se aprecia la silueta de un móvil y un amasijo de cables, más de dos metros de cableado, con sombras y claros que impiden seguir el curso de los cables y en resumen no aportan ningún tipo de información; no sirve, pues, para nada.
Al final de la declaración de ”Pedro”, el presidente de la Sala, Gómez Bermúdez, le pregunta: G.B.: ¿Usted observó en algún momento si los cables (rabizas) estaban desconectados?
P: No.
G.B.: No lo observó, bien. En cualquier caso, ¿usted manipuló esa mochila?
P: Sí, yo fui el único que manipuló esa mochila, de hecho, se me pidió una prueba de ADN al respecto, y creo que soy el único TÉDAX al que se le practicó la prueba.
G.B.: Bien, ya se puede marchar, gracias por venir.
“Pedro” fue el único que observó cómo se encontraban dispuestos los elementos de la bomba, porque introdujo en la mochila las manos y la desactivó, analizando la estructura del artefacto. En la fase de instrucción, declaró ante el juez Del Olmo que los cables estaban perfectamente trabados y que tuvo que desempalmarlos de forma manual, sin pegar tirones, sin cortar.
En el informe pericial se especula con la posibilidad hipotética de que los cables pudieran estar sueltos, si bien, podrían de nuevo juntarse y producirse la explosión.
Cuando está estudiando la mochila, el comisario jefe de TÉDAX Sánchez Manzano, le llama desde comisaría y le pregunta dónde se encuentra. Él le dice que en el parque Azorín; pero tendrán que ser los compañeros de la comisaría los que le encaminen, porque “Pedro” no conoce el barrio. Manzano llega acompañado de Cuadro Jaén y pregunta a Pedro por qué no le ha esperado en la comisaría, a lo que Pedro responde: «Había que sacar la bomba de la comisaría», Manzano calló, porque sabe que el operador número uno de turno, es el único funcionario facultado para realizar una desactivación, como especialista diplomado que es, y no debe tolerar bajo ningún concepto intromisión por parte de nadie, independientemente de su graduación, cargo administrativo o político, etcétera, so pena de incurrir en graves responsabilidades penales, tal como establecen las directrices normativas al respecto.
Poco después, comparece el jefe de Grupo, y furgonetas con más compañeros del TÉDAX. Demasiada gente, puede cundir el nerviosismo. Pedro hace valer de inmediato que el operador número uno es él y en consecuencia el responsable directo del diseño del procedimiento operativo y abordaje de la desactivación. Sabe, por los medios convencionales de desactivación de que disponen, la experiencia del día anterior y las características de los elementos que componían la bomba, que la única forma segura de desactivarla es a mano, jugándose la vida. Sabe que si consigue desactivarla, la información que aporten los elementos de la bomba puede ser vital —en ese momento el desconcierto en los servicios de inteligencia es prácticamente total— hay que arriesgar. Si no se desactiva, no tendrán datos y los terroristas pueden actuar en cualquier momento.
[editar] La desactivación
No se pone el traje de protección especial antiexplosivos. Entorpecería los movimientos —pesa cuarenta 40 kilos— y el casco, de noche, dificultaría por completo la visión ya de por sí escasa. Sólo se pone unos guantes de látex para no eliminar huellas ni restos biológicos que puedan permitir la identificación de los terroristas. Primero le pone una potera —un ganchito con una cuerda— para intentar extraer el explosivo, pero está muy ajustado en la bolsa. Introduce la mano. Con una paciencia infinita, mientras se juega la vida a cada segundo, que se hace eterno, busca los cables avanzando milímetro a milímetro con los dedos, desempalma los cables y saca el móvil. Luego sigue el curso de los cables para extraer el detonador, que reconoce nada más echarle un vistazo como un detonador antigrisú, de los que se utilizan en las minas de carbón.
Con los dedos palpa también: unos misteriosos objetos metálicos: los clavos utilizados como metralla. Una vez hecho eso, saca con sumo cuidado la bolsa de basura de plástico, azul claro, con un nudo amarillo. Le llama la atención que los empalmes no estén encintados, no llevan cinta aislante, los cables están pelados, limpios, sin envoltura plástica. Ese fue el error de los terroristas. Al hacer contacto, se produce cortocircuito y la corriente del móvil no llega a encender el detonador.
“Pedro” desmenuza el explosivo, a fin de descartar que haya algún tipo de trampa en la masa explosiva. Intervención concluida, todos los elementos del artefacto se recuperan intactos. Se recogen, se meten en bolsas de muestras y se remiten a la Unidad Central.
[editar] Conclusiones
El TÉDAX declaró en el juicio que era una bomba absolutamente diferente a las que conocían, sencilla en su confección, pero muy ingeniosa; que ni él ni sus compañeros habían visto nunca una bomba similar; y que desde luego no se correspondía con las que utilizan otros grupos terroristas de carácter autóctono que operan en España. En realidad era bastante sencilla en su confección, pero muy ingeniosa y efectiva. El teléfono hacía las veces de temporizador, con la alarma programada a la hora en que se desea que explote (en este caso a las 7:40). Al sonar produce el flujo eléctrico que surte de energía al detonador y en consecuencia provoca la explosión de la carga explosiva principal.
El artefacto falló (como ya queda dicho), porque los terroristas cometieron un error garrafal, al no encintar los empalmes practicados entre los cables que salen del teléfono móvil y los del detonador. Si en cualquier momento, al transportar la bolsa, introducirla debajo de un asiento o en este caso en el portaequipajes de los trenes, se juntan los empalmes, cuando surge la energía eléctrica de la batería del detonador se produce un cortocircuito (a la altura de los empalmes), salta una chispa, la energía no llega al detonador y en consecuencia no se produce la explosión.
Pedro especuló con la posibilidad de que hubiera dos manos en la confección de las bombas. Alguien, que sabía muy bien lo que hacía, montó los teléfonos y otro u otros recibieron las instrucciones de simplemente empalmar, pero olvidó un detalle fundamental: poner cinta aislante.
La desactivación del artefacto explosivo permitió conseguir las pruebas fundamentales, constituyendo la clave de la investigación inicial del 11-M. Gracias al el arrojo y la pericia de Pedro, a través del análisis de los elementos que componían la bomba, la operación policial se desarrolla en un tiempo absolutamente récord.
La tarjeta, el mismo móvil que tiene un número de serie, han de conducir adónde se ha comprado. El detonador, que es español, de cobre, de los que se denominan detonadores de seguridad, que se utilizan en minería, para ambientes de grisú o atmósferas inflamables. La dinamita es nacional, Goma-2 ECO como se sabrá de inmediato en los análisis, de textura muy similar a la Goma-2 EC. La mochila de Vallecas llevará a la detención de Jamal Zougam, «la mejor decisión que he tomado en mi vida», enfatizó Jesús de la Morena en declaración ante el Tribunal.
En efecto, salva vidas, al posibilitar la investigación, porque los islamistas pretenden seguir atentando De hecho, lo intentan, aunque fracasan, contra el AVE.
[editar] Véase también
[editar] Enlaces externos
1-Transcripciones de las declaraciones de "Pedro"
2-Interrogatorio del Ministerio Fiscal
