Acuse de recibo (I)

Para Rodrigo.

Querido Don Luis del Pino:

Acuso recibo de su amable carta abierta, en cuatro entregas, de los días 12 al 15 del presente, publicada en su bitácora. Constituye todo un hito que usted se avenga a debatir las críticas que sus artículos han merecido –con toda justicia– por parte de varios comentaristas, entre los que los autores de esta bitácora nos contamos. Es por ello, y porque varios argumentos que desliza usted en su carta de forma oblicua me inducen a pensar que nos ha leído con alguna atención –¡ay!, la bronca que le va a echar Xluis–, y que en consecuencia algunas de sus consideraciones se derivan de dichas lecturas, que me doy por aludido y procedo a contestarle, a pesar de que su carta, desgraciadamente, no sea nominativa.


Permítame, llegado a este punto, una crítica bien intencionada. Comienza a preocuparme su tendencia a contestar oblicuamente, de forma genérica, tal vez inventándose incluso interlocutores imaginarios. Me preocupa por varias razones. En primer lugar, porque incurre usted en significativas falacias de generalización; mire que llamar «progresista» a Gozalbo o a Enrique de Diego, tela marinera… Esto le permite a su vez incurrir en la falacia del hombre de paja, poniendo en nuestra boca palabras que al menos algunos nunca hemos pronunciado. Finalmente, tal comportamiento le permite decidir de forma selectiva a qué contesta y a qué no, evitando los asuntos más espinosos y las críticas más devastadoras para su causa, lo cual no es un ejercicio muy higiénico intelectualmente que digamos.

Nosotros nos hemos tomado el trabajo de refutarle punto por punto. Si no hemos terminado es porque la labor es ingente (es en general mucho más fácil hacer una afirmación gratuita que refutarla con argumentos), pero le aseguro que ésa ha sido siempre nuestra intención. Por ello, yo preferiría que nos contestara de la misma forma, punto por punto, rebatiendo lo que hemos dicho sobre sus argumentos. También me gustaría que fuese más específico, y mencionara claramente, con nombre y apellidos, a quién contesta usted cuando se dirige a «nosotros». Pero conformémonos por lo pronto con lo que tenemos, que ya es bastante para responderle. Y lo haremos con el método de analizar párrafo a párrafo lo que usted dice. Comencemos.

Temo informarle que usted yerra desde el comienzo, desde la salutación. «Querido defensor de la versión oficial», dice, refiriéndose –corríjame si me equivoco– a nosotros. Pero hombre, ¿no ha entendido usted nada de las posturas de este debate?

Empecemos porque el concepto «versión oficial» es problemático, como ya he demostrado en algún artículo, ya que usted estira ese concepto para incluir absolutamente todo lo que le conviene (por ejemplo, una nota periodística), al tiempo que obvia el hecho de que algunos acérrimos conspiracionistas, como Casimiro García Abadillo, en su momento publicaron crónicas que calcaban bastante exactamente esa «verdad oficial» que a usted tanto le molesta, volviéndose por tanto voceros de la misma. Véase si no la crónica del propio Abadillo sobre los sucesos de Leganés, que ya hemos criticado en su momento (en las FAQs de Leganés y el segundo artículo de la serie «El Unicornio en el Garaje»). Pero no solo el concepto mismo es problemático, sino que la caracterización que usted hace de muchos de nosotros como «defensores de la versión oficial» ignora lo que realmente queremos hacer y decir. En otras palabras, se inventa usted un hombre de paja para poder usarlo como saco de boxeo, ignorando olímpicamente lo que en realidad decimos.

Se lo explicaré. Yo no defiendo la «versión oficial». Defiendo dos cosas. En primer lugar, que el Estado de Derecho, en España, funciona razonablemente, y que por tanto será capaz de llegar a la verdad judicial en este caso como en cualquier otro. Esta confianza que yo tengo es la misma que, me atrevo a afirmar, usted tenía el diez de marzo de 2004. La misma que tenían todos los actuales conspiracionistas entonces. ¿En qué me baso para hacer esa afirmación? Pues en que tal Estado de Derecho no fue sustancialmente impugnado desde los medios que ahora impugnan su funcionamiento hasta después del atentado. Todos, me atrevo a afirmar, compartíamos esa confianza en su funcionamiento, con las notorias excepciones del abertzalismo vasco y una pequeña minoría de ultraizquierda. Yo sigo teniendo la misma confianza que tenía el diez de marzo de 2004. Ustedes, por lo visto, no. Son ustedes por tanto los que tienen que fundamentar su cambio de actitud, no yo por mantenerme en mis trece.

Pero aun así, yo aporto argumentos para justificar esa confianza que ustedes, me temo, no aportan para retirarla. Por cierto que si yo fuera un poco malvado y un poco falaz, resaltaría la ironía de que en esa recién hallada desconfianza respecto del funcionamiento adecuado del Estado de Derecho, ustedes finalmente estén de acuerdo con lo que los abertzales y la ultraizquierda más radical vienen denunciando desde hace décadas: la Policía se inventa pruebas, los jueces no son ni objetivos ni independientes, el sistema judicial español no funciona.. Pero como esto sería un ad hominem circunstancial, me veré obligado a prescindir del comentario.

Todo esto, la defensa razonable del Estado de Derecho, por un lado. Por el otro, la postura que yo defiendo es muy sencilla: la metodología de usted es inválida, falaz, subjetiva, interesada, anticientífica e idéntica formalmente a la de todas las grandes falacias conspiracionistas, desde las «abducciones» por parte de OVNIS hasta el creacionismo pasando por todos los magufos, los convencidos de la conspiración judeomasónica y los que sostienen que la NASA no llegó a la Luna. De ello se deduce inmediatamente que prácticamente nada de lo que usted ha afirmado –y como veremos, ha afirmado con singular audacia y desprecio temerario de la verdad— puede sostenerse de forma racional.

En resumen, la crítica que le dirijo es independiente de lo que yo piense de la supuesta «versión oficial», porque las falacias de usted son totalmente independientes de mi postura al respecto. No es necesario defender la «versión oficial» para demostrar lo profundamente equivocado que usted está, señor Del Pino.

Continúa usted:

Perteneces a esa categoría de personas que está honestamente convencida de que el fondo de los atentados del 11-M está suficientemente claro. Y precisamente porque crees en ello de forma honesta es por lo que me dirijo a ti. Si fueras un sectario inmune a los razonamientos no perdería ni un minuto.

En esto estamos igualados. Hubo un tiempo en que pensé que usted obraba de mala fe. Ahora sé que no, que usted está honestamente convencido de las cosas que dice. También me doy cuenta de que es capaz de un cierto nivel de autocrítica, manifiesta en esta misma carta, en respuesta a los cuestionamientos. Me congratulo por ello y veo una leve luz de esperanza al final del túnel: es posible que usted se dé cuenta finalmente de lo que equivocado que está. Permítame decirle sin embargo que esa buena fe que le supongo no la hago extensiva a la totalidad de sus colegas.

Dicho esto, me sorprende que mencione usted, of all people, lo de «sectario inmune a los razonamientos». Cualquier persona con un poco de objetividad (incluso muchos que comparten algunas de sus tesis, señor Del Pino), no dudan en llamar «sectarios inmunes a los razonamientos» a la abrumadora mayoría de los seguidores de los que usted se muestra tan orgulloso. Y es que basta ver su comportamiento, tanto en su bitácora como en otros foros. Pero en fin, será aquello de la paja en el ojo ajeno.

Desde tu punto de vista, está claro que buena parte de lo que nos han contado se corresponde con la realidad: está claro, para ti, que hubo un grupo de islamistas más o menos fanáticos que decidieron atentar contra España porque Aznar decidió adquirir un alto grado de visibilidad en una causa a tu juicio injusta (la Guerra de Irak), que provocó la indignación en esas personas que luego terminarían asesinando a 192 inocentes.

Hombre de paja como la copa de un pino (con perdón). Ya le he explicado qué opino yo. En particular, lo de la guerra de Irak no lo tengo tan claro como motivación del atentado. El terrorismo islamista no requiere excusas, ni la relación de hechos contenida en la instrucción depende en forma alguna de dicha motivación. Por lo demás, lo de «a tu juicio injusta» guerra de Irak, vuelva a decírselo a sus críticos de derechas, que los tiene, señor Del Pino. Es otro enorme hombre de paja.

Finalmente, lo de «provocar la indignación» es un golpe bajo bastante indigno. Nada justifica el terrorismo, nada. Pero usted pone en boca de todos sus opositores opiniones que parecerían justificarlo a partir de la indignación por una guerra injusta.

Continuando con tu manera de ver las cosas, lo que nosotros llamamos incógnitas, enigmas o agujeros negros no son otra cosa que un intento desesperado, revanchista y poco riguroso de sembrar las dudas en un tema que está suficientemente investigado.

Sigue con el hombre de paja. No. Lo que ustedes llaman «incógnitas», «enigmas» y «agujeros negros» no son otra cosa que inventos delirantes. Pero en este tema, y a diferencia de ustedes, yo no hago juicios de intenciones públicos ni tengo por qué hacerlos. Me importan poco las motivaciones personales de usted, de Losantos, de Pedro Jota, de Múgica o de García Abadillo. Lo que me importa es el resultado, las afirmaciones que hacen, no las motivaciones que haya detrás de dichas afirmaciones, que incluso, como he dicho antes, podrían ser de buena fe en algunos casos. Sus motivaciones serán, en todo caso, un tema entre ustedes y su conciencia.

¿Acaso no está demostrada la participación de esos islamistas en los atentados? Es verdad que existían confidentes infiltrados entre esos islamistas, pero eso sólo demuestra que la mala suerte o la negligencia permitieron que ese atentado no fuera abortado. Una negligencia, por otra parte, que en cualquier caso sólo sería achacable al Gobierno que tenía por aquel entones la responsabilidad de protegernos: el del Partido Popular.

Y continúa con los hombres de paja (y es que es innegable que esto de las falacias se trata de un deporte en el que los conspiracionistas, y usted en particular, son campeones absolutos). En esta bitácora no se han achacado culpas por negligencia a nadie, ni al Partido Popular ni a las FCSE. Y es que yo no tengo claro el tema de la negligencia. Es muy fácil, a toro pasado, decir «esto pudo evitarse». Es de hecho una reacción lógica: necesitamos psicológicamente culpar a alguien, aunque dicha culpa sea injusta. Sin embargo, la experiencia indica que un atentado es algo endemoniadamente difícil de evitar. Como le dijeron a Thatcher los del IRA después de escapar ésta indemne de un terrible atentado con bomba: «usted tiene que tener suerte siempre; a nosotros nos basta tener suerte una vez». Es terrible, pero es cierto. Por ello no me parece de recibo asignar alegremente culpas por negligencia a nadie, sea Ignacio Astarloa o un comisario de Avilés, al menos no sin pruebas sólidas. Y eso, repito,  vale para el gobierno como vale para sus subordinados técnicos en las FCSE.

Reconoces también que existe una trama española de suministro de explosivos sin la cual los atentados no hubieran podido llegar a producirse, o al menos no de la forma en que tuvieron lugar.

«Reconoces» no es la palabra. Reconocer tiene la connotación de aceptar más  o menos a regañadientes. Yo no tengo ningún problema en aceptar lo que usted dice ni nunca lo he tenido desde que surgió a la luz pública la implicación de esas personas.

Pero, en tu opinión, eso tan sólo demuestra la falta de escrúpulos de una serie de personajes a caballo entre la delincuencia organizada y la picaresca, que suministraron esos explosivos a los islamistas como podían habérselos suministrado a cualquiera que pagara lo suficiente.

Se equivoca, continuando con los hombres de paja. Repito: no hago juicios de intenciones. Descubrir las motivaciones corresponderá, en todo caso, a los tribunales.

A lo largo de los meses, tu opinión ha ido variando ligeramente. Si al principio despreciabas, por inverosímiles, las críticas que realizábamos a determinados aspectos técnicos de las investigaciones, últimamente te has visto obligado a reconocer que existen muchos aspectos inexplicables e inexplicados en el relato de los hechos: sabes (porque así lo reconocen los informes policiales publicados en El País) que siguen sin saberse muchos detalles, como por ejemplo el modo en que los terroristas fueron a Alcalá, la identidad de la persona que manipuló los teléfonos, los móviles que se usaron en seis de las trece bombas o el trayecto exacto que la mochila de Vallecas siguió desde la estación de El Pozo.

Vuelve a equivocarse, o a inventarse lo que pienso. Mi opinión no ha ido variando. Las críticas que ustedes han hecho a «determinados aspectos técnicos» son tan inverosímiles y absurdas hoy como hace dos años. Y lo son porque, como he dicho antes y he demostrado en varios artículos, sus argumentos son falaces e inválidos.

Por lo demás, que haya aspectos inexplicados en el relato de los hechos es completamente normal. Nadie, nunca, sabe todos los detalles, absolutamente todos, de un crimen. Por ejemplo, usted no sabe cómo los terroristas del 11-S atacaron a la tripulación de los aviones. No sabe qué armas llevaban. No sabe quién se las procuró. No sabe exactamente en qué posiciones estaban cuando se estrellaron los aviones. Lo mismo se podría decir del atentado de Hipercor. ¿Sabe cómo se desplazaron los terroristas a la Av. Meridiana? ¿Conoce al detalle todos sus movimientos previos? ¿Puede usted señalar, en la totalidad de los atentados de ETA, quién armó las bombas?

Lo que llama la atención de gran parte de estas preguntas es su irrelevancia de cara a establecer la verdad judicial y en particular la culpabilidad. Hay, por ejemplo, decenas de formas de llegar a Alcalá. ¿Qué importancia penal tiene cuál fue usada? ¿Qué demuestra el hecho de que no pueda ser determinada? También, por ejemplo, cualquier persona con un mínimo de entrenamiento pudo manipular los teléfonos (el técnico de usted lo hizo, y yo también lo hice, y era la primera vez en la vida que abría un teléfono móvil). Que no se sepa la identidad exacta de quien lo hizo sólo sería relevante si esa persona no se encontrara entre los procesados o los muertos o los huidos. De todas formas, en un atentado de esta complejidad habrá con mucha frecuencia alguna persona no identificada que ayudó materialmente a la comisión del atentado y alguna de la que no pueda probarse la culpa. ¿O es usted tan inocente como para suponer que en la totalidad de los atentados de ETA se ha procesado y condenado a la totalidad de cómplices y ayudantes materiales? Como digo, el tema sólo tendría relevancia si hubiese una persona implicada a la que no se ha procesado, pero incluso en ese caso no tendría por qué cambiar sustancialmente la relación de hechos.

Por cierto, curioso que se le haya «escapado»  lo de los «móviles que se usaron en seis de las trece bombas». ¿Tengo que suponer que acepta ahora  el origen común de esos seis móviles, que sería el mismo que el de la bolsa de Vallecas?

Continuemos con sus ejemplos. En cuanto al trayecto exacto, ¿me puede decir qué relevancia puede tener el hecho de que los paquetes hayan pasado por dos comisarías o por una? Si usted logra probarnos la relevancia de esa discrepancia a todas luces menor, podríamos considerar el punto. En caso contrario, la impresión que usted invariablemente deja es la de amplificar sin ninguna razón de peso discrepancias naturales y detalles menores. Los jueces y la policía están acostumbrados a lidiar con esas discrepancias, señor Del Pino, porque son normales en toda investigación.

Por cierto, no es un detalle menor que usted haya reconocido que su experiencia penal es nula. ¿Cómo puede entonces arrogarse la potestad de juzgar si las discrepancias encontradas en el sumario son relevantes? Esto es una característica típica del conspiracionismo: el ensordecedor silencio de los expertos, de los que sí saben. Ninguno de ellos, que yo sepa, avala sus críticas. ¿Cómo es posible? ¿No ha logrado que un solo abogado penalista independiente, de reconocido prestigio, le dé la razón. Y como esto, podemos hablar de cualquiera de sus «enigmas». ¿Dónde están los ingenieros estructuristas que reconozcan la imposibilidad de que 30 Kg de dinamita causen los estragos de Leganés o que avalen el estallido de una carga en el sótano? ¿Dónde los químicos analíticos que hablen con conocimiento de causa de cromatografía de capa fina (ninguno de los siete «expertos» de El Mundo es químico analítico en funciones)? ¿Dónde el experto en perros que diga que es absolutamente imposible que un perro no encuentre los restos de dinamita que fueron hallados en la Kangoo?

Volviendo a las discrepancias, ¿no le cabe en la cabeza la posibilidad d e que sean naturales, como natural es que un proceso de medición en laboratorio, por preciso que sea, arroje lecturas distintas que luego hemos de someter a algún tratamiento matemático para encontrar un valor medido con un cierto intervalo de confianza? La realidad es así, imperfecta y algo desaseada, muy lejana de los postulados de las teorías perfectas que usted plantea a posteriori y de las ficciones de Hollywood en las que tanto usted como los suyos encuentran tantos argumentos.

Para terminar con esto, he dicho que es normal que haya hechos inexplicados. Ocurre siempre. Eso no quiere decir que sean inexplicables, como usted afirma con la ligereza que ya le es proverbial. Inexplicable no hay nada en principio.

Debido a ello, te has visto forzado a reconocer que la investigación oficial de los atentados ha pecado, en algunos casos, de «chapuza». Pero crees que intentar presentar esa chapuza como una conspiración no refleja más que la frustración del PP por la pérdida del poder el 14 de marzo.

Hombre, no me he visto obligado a nada. Algunos aspectos de la investigación son mejorables. Como lo son, casi seguramente, en cualquier investigación en cualquier parte del mundo. Sin embargo, ninguno de esos aspectos mejorables ha demostrado ser relevante. Repito la palabra y la remarco: absolutamente NINGUNO. Con regularidad matemática, cada vez que ustedes creen haber encontrado El Dorado, el Santo Grial, la pistola humeante, la prueba definitiva, se ven casi inmediatamente desmentidos. Ejemplos evidentes son el tema de la nitroglicerina y el del uso de los móviles como iniciadores (por cierto, el artículo en el que publicaba los resultados de laboratorio de este último es todo un poema de manipulación, como demostramos en las FAQs correspondientes). Esas «chapuzas», cuando existen (porque muchas veces usted no vacila en calificar como inconsistencia algo que no lo es, como también veremos con ejemplos más adelante), han demostrado ser  irrelevantes. Llevan ustedes dos años y medio en esto, y no han logrado nada de relevancia. ¿No le parece curioso? ¿No comienza a desfallecer, a desesperarse?

Por cierto, déjeme que afee su conducta por enésima vez desde el punto de vista del rigor y la honestidad intelectuales. Usted nunca publica una sola rectificación. Es capaz de afirmar con absoluta contundencia dos cosas inconsistentes entre sí en dos lugares distintos… sin retractar ninguna de ellas. Otra prueba, repito, del rigor intelectual de su metodología.

Finalmente, le repito que yo no hago juicios de intenciones sobre supuestas frustraciones electorales. Haría bien usted, sin embargo, considerando el hecho de que toda teoría conspiracionista representa un consuelo psicológico para el que cree en ella, en revisar críticamente sus hipótesis. Carl Sagan enseñaba que es muy peligroso encariñarse en demasía de las hipótesis propias, y no cabe duda de que muchos de ustedes están perdidamente enamorados.

He intentado exponer las cosas como creo que tú las ves y te ruego que me disculpes si no he reflejado correctamente tus opiniones.

Disculpado queda, pero también corregido. No puedo dejar de pasar la ocasión de hacerle un reproche metodológico. ¿Por qué no, en vez de inventarse lo que pensamos, nos cita literalmente e intenta refutarnos a partir de ello?

Permíteme ahora que te invite a contemplar las cosas desde el otro punto de vista. Y que me centre en tres aspectos de tus razonamientos.

1.      La teoría de la chapuza. ¿Es posible que todos los errores detectados en las investigaciones no reflejen otra cosa que una forma de proceder chapucera de nuestras fuerzas policiales? Por supuesto que es posible. Y lo seguirá siendo en tanto no demostremos que fue otra cosa. Pero tendrás que reconocer que las pruebas de las que tú dispones para sostener que todo fue una chapuza son las mismas de las que nosotros disponemos para sostener que no lo fue: ninguna. Por poner un ejemplo: cuando alguien envía al juez un informe de análisis del explosivo de la mochila de Vallecas e incluye por el morro un componente (la metenamina) que no había aparecido en los análisis, afirmando a continuación que el explosivo de Vallecas coincide con el de la Kangoo en todos sus componentes, ¿se trata de una chapuza (de un error) o de una conspiración (un engaño deliberado)? Nosotros no podemos demostrar que fue un engaño consciente, pero tú tampoco puedes demostrar que fuera un error.

Vamos a ver. Agradeciendo de antemano su honestidad, algo tardía, pero aun así digna de reconocimiento, al admitir que usted NO puede demostrar una conspiración, aquí hay un error metodológico de primer orden, que consiste en ignorar el principio de la navaja de Occam.

NO son lo mismo, nunca lo serán, las dos explicaciones que usted pretende igualmente plausibles. Recuerde lo que dice el principio de la navaja (que por cierto usted intentará aplicar en el segundo capítulo de su carta, sin mencionarlo y con poco éxito, todo hay que decirlo): ante dos explicaciones de los mismos hechos, elegir siempre la más sencilla.

Casi por definición, el error será siempre la explicación más sencilla frente a la conspiración. El error es humano, normal, cotidiano. Tan cotidiano que solemos tomar un sinfín de precauciones para evitarlo. El error está de acuerdo, podríamos decir, con la segunda ley de la termodinámica. Es totalmente natural, normal, atribuible al carácter entrópico de la realidad. La conspiración, en cambio, es la excepción, no la norma. El mundo no funciona cotidianamente a base de conspiraciones. No es que las conspiraciones no existan, es que son raras, escasísimas, sobre todo en las sociedades abiertas, y casi inmediatamente reveladas.

Pero además, aunque la explicación anterior no le convenciera, la aplicación directa del principio de Occam es en este ejemplo que usted pone meridianamente clara. ¿Qué explicación es más sencilla de las dos siguientes?

a)       Los Tedax y la Policía Científica cometieron un error permitiendo que la muestra se contaminara. Al redactar el informe, no resaltaron la discrepancia porque no la consideraron relevante. Punto. No hay nada más que explicar.

b)   Todos los Tedax involucrados (y no son pocos), empezando por su jefe, son parte de una conspiración para ocultar la verdad. Dicha conspiración no se limita a los Tedax. Incluye, cuando menos, a la Policía Científica ,que es la que hace los análisis de laboratorio. Esto requiere un sinfín de nuevas explicaciones: por qué han actuado así los Tedax y la PC, a los que se supone profesionales, cómo es posible que ayuden a ocultar la verdad sobre el atentado más sangriento en la historia de España, cuándo fueron captados para la conspiración, por quién, cómo es posible que ninguno de sus muchos colegas se haya dado cuenta, o si se ha dado cuenta cómo es posible que calle, cómo el gobierno no se enteró de nada de esto que pasaba bajo sus narices, cómo es posible que desde fuera del gobierno se controle con tal precisión a las fuerzas policiales, quién lo hace, qué motivaciones existen para todo ello, por qué la muestra patrón también está contaminada, por qué hay metenamina y ni traza alguna de RDX (que sería algo así como encontrar hidrógeno molecular y no encontrar ni traza de agua).

¿Qué es más sencillo? ¿Una conspiración sin precedente alguno en la Historia (le reto a que encuentre uno) o un error humano? ¿De verdad no lo sabe?

Esto a su vez tiene que ver con la carga de la prueba. Lo lógico, lo normal, hemos visto según Occam, es suponer buena fe (chapuza o error) sobre la conspiración (mala fe), porque la conspiración requiere muchísimas explicaciones que el error no requiere. Esto lo reconocen los tribunales, que actúan bajo la doctrina, basada implícita o explíticamente en el mismo principio de Occam, de que lo ordinario se supone, lo extraordinario se prueba.

En los tribunales no puede presentarse un abogado defensor y decir: » Señorías, toda la instrucción es falsa. Aunque no puedo probarlo, todas las pruebas han sido plantadas.»

¿Cuál cree usted, sinceramente, que sería la reacción del Magistrado Presidente del Tribunal ante tal perorata? ¿Cree de verdad que se volvería hacia el fiscal y le diría: «¿Puede usted probar que lo que dice el letrado es falso?» Por supuesto que no, señor Del Pino. Lo que haría es decirle al defensor: «¿En qué pruebas se basa para realizar tal aserto? ¿Ninguna? Pues entonces no nos haga perder el tiempo».

El tribunal presume que las pruebas que se le presentan no son falsas. No es la acusación la que tiene que probar que la prueba no es falsa; es quien lo afirma quien debe hacerlo.

Por tanto, la carga de la prueba es de usted. Es usted el que tiene que demostrar que existe una conspiración. Punto. Recuerde: lo ordinario se asume, lo extraordinario se tiene que probar. Y afirmaciones extraordinarias requieren además evidencia extraordinaria. Usted no sólo no la tiene extraordinaria, reconoce que no la tiene en absoluto. ¿Por qué habríamos entonces de creerle, señor Del Pino?

Todo esto sin meternos por ahora a lo inverosímil que cualquier conspiración respecto del 11-M resulta, por el simple número de personas que tendrían que estar «en el ajo» (ciento, tal vez miles si consideramos los que callan), por lo irreal que es suponer que se puede «teledirigir» (la palabra la ha usado usted) a jueces y a políticos avezados, utilizando técnicas psicológicas inéditas para pronosticar sus reacciones al milímetro… Pero como digo, ya volveremos sobre el problema de la verosimilitud cuando usted mismo lo aborde en una sección posterior.

En esas condiciones, ¿realmente te parece mal que reclamemos que se investigue cuál de las dos cosas fue?

Pues sí, me parece mal, muy mal. Me parece mal, en primer lugar, por la forma como ustedes han planteado todo este tema: postulando SIN PRUEBAS –usted lo ha admitido– que existe una conspiración para, como mínimo, ocultar la verdad. ¿Se da usted cuenta de lo seria que es esa acusación? ¿Cómo puede usted tener la irresponsabilidad de hacerla sin la menor prueba de que lo que dice sea cierto? Acusa usted nada menos que a las instituciones fundamentales del Estado de Derecho español, y lo hace sin pruebas. Acusa a personas individuales de ser nada menos que encubridores de asesinos (cuando no cómplices o incluso autores), sin contar con la menor evidencia. Y perdone que repita tanto lo de «sin pruebas». Al parecer tengo que machacarlo para que se entienda por qué es tan grave lo que ustedes hacen.

Usted y los suyos han hecho afirmaciones taxativas con temeraria falta de respeto a la verdad, porque es totalmente falso que ustedes reclamen simplemente que se investigue. No, señor.  Ustedes han convertido sus especulaciones sin pruebas –otra vez– en dogmas de fe que proclaman de forma taxativa a los cuatro vientos. Peor aún, han pretendido politizar la búsqueda de la verdad judicial, revirtiendo una sana tendencia que en Occidente lleva un par de siglos –y en España desde la transición– y que nos ha costado sangre, sudor y lágrimas conquistar: la independencia política de la justicia, que no por imperfecta es despreciable.

Y es esto, señor Del Pino, lo que es inaceptable. Inaceptable desde un punto de vista intelectual, por lo que conlleva de falaz y dogmático. Inaceptable también desde un punto de vista de la ética y la civilidad ciudadana, por las dudas calumniosas que arroja sobre personas a las que no se les ha probado ningún delito, por las sospechas injustificadas con las que cubre el funcionamiento entero del Estado de Derecho español y porque ustedes están intentando politizar lo que debería ser simplemente un proceso judicial independiente. Y también, si me permite, inaceptable desde un punto de vista humano, porque obliga a las víctimas a desayunarse día sí y día también con las obsesiones de ustedes. En el mejor de los casos, las obliga a rememorar sus padecimientos. En el peor, el caso de las víctimas a las que en mala hora han convencido ustedes de sus especulaciones, es muy probable que les quede el atroz sentimiento, por el resto de sus vidas, de que no se hizo justicia. ¿Cabe mayor irresponsabilidad, señor Del Pino?

Así que sí, me parece mal porque ustedes no tienen pruebas, y la carga de la prueba, como hemos visto, es suya. Porque la Policía y el juez no tienen por qué perder el tiempo con delirios que no han sido probados. Porque en este momento su teoría conspiracionista está la mismo nivel epistemológico que la teoría alternativa que dice que el atentado lo llevó a cabo el extraterrestre de Roswell. ¿Por qué entonces investigar las ideas que se le ocurren a usted y no las que se me podrían ocurrir a mí? ¿Quién determina qué es lo que se investiga y qué no? Porque, convendrá usted, no se puede investigar absolutamente todo: no acabaríamos nunca.

Ésta que le hago es una pregunta similar a la que hizo el inventor del Monstruo Volador de Espagueti, cuando exigía a la junta de Educación de Kansas que, si permitía que se impartieran teorías creacionistas cristianas a los colegiales junto con la teoría de la evolución, se permitiera también la divulgación de la mitología que él había inventado, según la cual el Monstruo Volador de Espagueti fue el que creó el mundo. Conteste, Del Pino, ¿por qué unas sí y las otras no? ¿Por qué las suyas y no la que plantea, por ejemplo, que el atentado lo pergeñaron la CIA o el PP?

Se lo diré. En realidad, el número de teorías es infinito. Si nos pasáramos la vida atendiendo a los que exigen investigaciones de todas las teorías que formulan, incluyéndole a usted, que en ese respecto se ha revelado increíblemente fecundo, no acabaríamos nunca. En el caso del 11-M en particular, nunca se celebraría el juicio. Cuáles hipótesis se investigan tiene que ver con la relevancia probada, con la factibilidad de dichas teorías. Tiene que ver con evidencia, o, como mínimo, con indicios sólidos. He argumentado largo y tendido este punto, trayendo a colación el ejemplo de Galileo investigando eternamente las condiciones cambiantes de su experimento, esperando por ejemplo a que Júpiter y Saturno se pongan en conjunción o a que un arrojado explorador repita el experimento en la Antártida para poder llegar a una conclusión. Galileo por supuesto no lo hizo. Omitió esos detalles que, según su buen juicio, no tenían relevancia, y gracias a ello pudo publicar sus resultados. Usted en cambio pide al juez Del Olmo que atienda cada uno de los delirios que se le ocurren sin pruebas, y se indigna cuando no lo hace.

Los anglosajones llaman a lo que usted pide «analysis paralyisis», la incapacidad de llegar a conclusiones porque las dudas, preguntas y líneas de investigación se extienden mucho más allá de lo que es razonable. Todo se puede pedir, todo se puede exigir. La pregunta es ¿por qué se pide? ¿Ha demostrado usted la relevancia? ¿Ha demostrado que lo que pide investigar es RAZONABLE? ¿Pide usted que se investigue una hipótesis verosímil o un delirio?

Pregúntese: ¿qué precedentes hay de casos similares? ¿Por qué la Comisión del 11-S, por ejemplo, no investigó la teoría de que los aviones fuesen teledirigidos (una hipótesis que se ha planteado en círculos conspiracionistas)? ¿Por qué no investigó dicha comisión la teoría de que ningún avión se estrelló contra el Pentágono (hay un libro al respecto que ha vendido más copias que el suyo, señor Del Pino)? Dicha Comisión evitó los temas que le parecían –con muy bien sentido—inverosímiles, faltos de evidencia, poco razonables. Igual que hace Del Olmo. NI más ni menos. ¿Significa que esa Comisión se cerró en falso, que los senadores de ambos partidos que la componían son corruptos o incapaces, que tienen algo que ocultar, o, por el contrario, actuaron razonablemente? Me encantaría que contestara esta pregunta.

Y es que, repito a riesgo de cansar, se investiga lo que tiene visos de ser verdad, lo que tiene relevancia, lo que se presume factible, lo que se encuentra dentro de la duda razonable. Y siempre, siempre, siempre, el que exige que se investigue es el que tiene que aportar argumentos de relevancia y factibilidad, cosa que usted no ha hecho. Al menos hemos logrado que confiese su incapacidad para demostrar dicha relevancia. Y repito que ello demuestra una débil luz autocrítica que es muy de agradecer, y que tal vez en un futuro le permita darse cuenta de que nuestros argumentos son contundentes. En todo caso, y haciendo votos porque llegue ese día, ahora veremos que tampoco puede siquiera argumentar dicha relevancia plausiblemente.

Porque, en el fondo, sí que existe un argumento sólido que podemos invocar en nuestro favor: el de la acumulación de errores. Son tantas las «chapuzas» detectadas que al menos me concederás que no resulta irrazonable contemplar la posibilidad de que tanto error no puede ser fruto de la casualidad.

Esto es simplemente falso. Ustedes se dedican a coleccionar «chapuzas» a todas luces menores, amplificándolas fuera de toda proporción y asignándoles una importancia que ustedes no han demostrado que tengan. Es un típico método conspiracionista: como no tienen un solo argumento demoledor, se dedican a coleccionar detalles menores con la esperanza de que su acumulación demuestre algo.

Pero es que la acumulación de falacias no demuestra nada. Einstein lo dijo muy bien hace casi cien años, cuando en Alemania se publicó un libro llamado «Cien Pensadores contra Einstein». Dijo el sabio: si tuvieran razón, bastaría con uno.

Lo mismo les sucede a ustedes. Si tuvieran razón, bastaría con un argumento contundente. La acumulación de argumentos tan peregrinos como los pantalones al revés y las cabras o corderos de El Chino lo que demuestra es que ustedes no tienen nada sólido. ¿Sabe, señor Del Pino? No hay una sola investigación en la que yo pueda pensar, sea científica o policial, en la que la acumulación de trivialidades se pueda llamar un argumento «sólido». Le reto a que me desmienta citando un ejemplo en el que dicha acumulación haya demostrado algo. Y es que no se trata de acumulación de coincidencias. Se trata de acumulación de argumentos traídos por los pelos.

3.      La teoría de la utilización. Desde tu punto de vista, el hecho de que en la trama del 11-M exista una subtrama española (los asturianos) y el hecho de que estén implicados varios delincuentes comunes sin ningún vínculo con el islamismo (por ejemplo, Abdelilah El Fadual o Rafa Zouhier) lo único que indica es que los islamistas «utilizaron» a esos españoles y a esos camellos para sus fines, lo que no resta un ápice al carácter islamista de los atentados. Tu razonamiento es correcto, pero está basado en un apriorismo: estás dando por sentado que, de todos los implicados, los más importantes son los islamistas. ¿Y si las cosas no fueran así? Tendrás que reconocer que hay otras alternativas igualmente posibles, como por ejemplo la de que la trama asturiana (en la que había más de un confidente policial) hubiera utilizado a los islamistas para conseguir un fin político por encargo de alguien. ¿O es que tienes algún dato que te permita certificar quién utilizó a quién? Desde ese punto de vista, ¿realmente te parece mal que reclamemos que se aclare cuál, de entre todas las posibilidades existentes, es la correcta?

Hablar de alternativas «igualmente posibles» es totalmente absurdo. No tiene el menor sustento en ningún tipo de evidencia. Todos sabemos que existen el terrorismo islamista y el terrorismo de ETA. Pero nadie ha oído hablar de, por ejemplo, el Frente Asturiano de Liberación Nacional. Afirmar que es igualmente posible a las dos alternativas anteriores, en ausencia de evidencia, es delirante. Como también es delirante, en ausencia de evidencia, la afirmación implícita, contenida en su «en la que había más de un confidente policial» de que un comisario de Avilés montó todo el tinglado «por encargo de alguien».

Éste es un buen momento para introducir el tema de la verosimilitud. No, señor Del Pino, no todas las explicaciones son «igualmente posibles». Por ejemplo, la alternativa de que El Gitanillo ha sido «abducido» por el extraterrestre de Roswell que ha resucitado al estilo ET después de medio siglo y al que han encargado sus superiores del tercer planeta de Proxima Centauri que desestabilice al gobierno del PP NO es igualmente posible a las hipótesis «atentado de ETA» o «atentado islamista».

La ESPECULACIÓN de que un comisario de Avilés (que por cierto tiene nombre y apellidos, señor Del Pino) teledirigió a los islamistas a través de Trashorras es inverosímil. Y lo es porque requiere cientos, si no es que miles, de implicados: los que plantaron la mochila de Vallecas, los que plantaron la evidencia falsa en la Kangoo, el gruista de la Kangoo (que no es policía), el portero (que tampoco lo es), el grupo de los GEOS que asaltó Leganés, los policías que llegaron primero y que declararon haber escuchado disparos y haber reconocido a un terrorista, Pedro Díaz-Pintado, que dirigió el asalto, Jesús de la Morena, que fue el que ordenó los arrestos del 13-M que a usted le parecen sospechosos, un número considerable de Tedax (Sánchez Manzano incluido), los guardias civiles que detuvieron a Mowgli en Burgos, la UCO de la Guardia Civil, el comisario de Avilés, el CNI, etc. Cientos.

Y, por supuesto, los siguientes implicados o engañados: el juez de instrucción, la fiscal, el presidente de la Audiencia Nacional y el CGPJ, que han defendido la instrucción, la juez Palacios, el juez Garzón (que ha defendido la «versión oficial»), los dos jueces que no han estimado delito por parte de miembros de las FCSE, la Interpol y la Europol, que están convencidas de la veracidad de la «versión oficial»), Scotland Yard, que comparó los atentados del 7-J con los del 11-M), George W. Bush, tal vez el hombre mejor informado del mundo,  que mencionó explícitamente al 11-M en su lista de atentados islamistas durante su discurso del Estado de la Nación y la totalidad de medios de prensa extranjeros. Y todo ello con la complicidad de la totalidad de los miembros de las FCSE y de la judicatura, que en dos años, a pesar de sus «sólidos» argumentos, señor Del Pino, no han dicho ni pío.

Y no he empezado siquiera a hablar de verosimilitud. No he mencionado lo increíble que resultaría un atentado en el que los autores no sólo logran que el ministro del Interior culpe a los que quieren que culpe (a ETA) en su primera comparecencia, sino que logran plantar además pruebas que van apareciendo gradualmente, con precisión matemática, y cuya aparición logra detonar, al milímetro, las reacciones exactas deseadas por parte de los políticos involucrados. Ni el más brillante de los doctores en psicología de todo el mundo sería capaz de lograr tal precisión, señor Del Pino.  No sólo eso: los supuestos conspiradores logran también que sean los policías corruptos los que se encarguen de la evidencia y de la investigación, los únicos que estén en el lugar justo en el momento adecuado. Vaya proeza. Logran plantar la evidencia en el sitio adecuado y en el momento justo, además de asegurarse, quién sabe cómo, que se descubra exactamente cuando ellos quieran y la Policía reaccione de la manera adecuada en el instante adecuado. Ah, y de los que hacen esto no existe la menor huella física. La más mínima. Usted que se queja de ADNs y vídeos y huellas dactilares que no existen, ¿por qué no aplica el mismo argumento a sus fantasmas, el que lleva una mochila de 10 Kg de peso sin que nadie repare en él ni le recuerde después, o el que burla dos cercos policiales después de convencer a doscientos policías de que están vivas siete personas que en realidad están muertas?

Pero volvamos al hilo principal. Por ejemplo, el portero tiene que denunciar en el momento adecuado la existencia de la Kangoo (si tarda unas horas, si no repara en ella, el asunto se fastidia), y la Policía tiene que encontrar la mochila a las dos de la madrugada. Unas horas después y el plan se puede ir al demonio. ¿Y si la Policía decide descansar después de un día tan intenso?  También, repito, sus conspiradores tienen la seguridad a priori de que los agentes que planten la evidencia no serán detectados. En el caso de la bolsa de Vallecas, al que volveremos con más detalle, a pesar de todos los movimientos de la mochila, de todas las órdenes y contraórdenes, de todas las incidencias que podrían haber malogrado su colocación y hallazgo (por ejemplo, el hecho documentado de que un responsable no quería dejar salir los efectos de IFEMA), los conspiradores tienen la seguridad razonable de que lograrán todo lo que se proponen.

También saben perfectamente cuál será la reacción de la ciudadanía, y exactamente cuántos puntos porcentuales conquistarán en la elección debido al atentado y su manipulación. Este último punto es fundamental: si el número de votos es insuficiente, todo el esfuerzo será en vano.  ¿Existe algún analista político capaz de determinar esa cantidad de puntos porcentuales con seguridad razonable, señor Del Pino? Yo digo que no, que no existe.

¿Y todo ello para qué, señor Del Pino? Para que un determinado partido político esté en el poder por cuatro míseros años, por cierto un partido que ya ha demostrado su capacidad de conquistar dicho poder por medios legales? ¿Usted ha oído hablar de relaciones coste-beneficio? Siendo ingeniero, estoy seguro de que conoce el concepto. ¿Tiene idea de la gigantesca complejidad logística y teórica de la conspiración que usted plantea? ¿Se da cuenta de la cantidad de cosas que podrían salir mal? ¿Se da cuenta de los riesgos? ¿Verdad que usted, como ingeniero, ha llevado a cabo proyectos de complejidad muchísimo menor con muchísimos más contratiempos? ¿Cómo se explica entonces que una conspiración de tal complejidad haya funcionado como un reloj? Todavía más inverosímil: la conspiración funciona. Acebes, Astarloa, Aznar, todos engañados. Pero esos conspiradores geniales que son capaces de asesinar a siete y desaparecer sin dejar rastro, que se deslizan por todos los rincones sin ser detectados, son tan increíblemente chapuceros que unos aficionados a detective pueden, desde su ordenador, descubrir el pastel.

Más aún. ¿Le parece que un agente político mínimamente racional sería capaz de correr esos enormes riesgos por un beneficio mísero (ganar unas elecciones, una sola vez, por cuatro años), que por lo demás es obtenible tarde o temprano? Todo esto va tan en contra del comportamiento esperable en los agentes políticos de una democracia que cuesta trabajo creer que personas inteligentes y demócratas piensen que algo tan descabellado sea posible en una democracia occidental. Y es que la democracia está pensada precisamente para que las derrotas, como decía Octavio Paz, sean siempre tan temporales como las victorias. Por ello ningún agente racional y bien establecido se lanza a intentar conquistar un poder efímero y limitado por medios violentos en una democracia.

Si no contesta ninguna de mis preguntas, señor Del Pino, conteste ésta: ¿conoce usted una conspiración comparable en toda la historia de la Humanidad? ¿Una sola? No hay tal cosa, Del Pino. Lo que usted plantea como «igualmente posible» no ha ocurrido jamás. Jamás. ¿Cómo quiere entonces que aceptemos que es «igualmente posible»?

3. La teoría de la negligencia. Que parece razonable que el atentado hubiera debido evitarse, dado el número de confidentes policiales implicados y dados los seguimientos previos a muchos de los terroristas, es algo en lo que todos estamos de acuerdo. Pero, mientras que tú achacas el fallo a una mera negligencia, nosotros reclamamos que se investigue si estamos ante algo más grave. De todos modos, fuera una negligencia o un «dejar hacer», creo que estarás de acuerdo conmigo en que es necesario continuar investigando. Porque, si se trató de una negligencia, tenemos que saber quién fue el negligente (con nombres y apellidos) y en qué consistió su error. Aunque sólo sea por poner los medios para que no vuelva a ocurrir un atentado similar. ¿Qué información llegaron a recopilar los confidentes? ¿A quién se la transmitieron? ¿En qué mesa de despacho se perdió? ¿Quién dio la orden de interrumpir los seguimientos a los terroristas poco antes de los atentados y por qué? Aunque tú tuvieras razón y todo hubiera sido una mera negligencia, supongo que no te parecerá mal que reclamemos que se sigan investigando los detalles. Porque nadie nos ha explicado aún en qué consistió, exactamente, esa supuesta negligencia y no hemos visto que se haya tomado ninguna medida para evitar futuras repeticiones.

Aquí comete usted un error de bulto. La negligencia, si es que existió, no necesariamente es criminal. De hecho, las dos denuncias contra miembros de la Policía y la GC que se han presentado han sido archivadas por dos juzgados distintos y diferentes del juzgado del juez Del Olmo, que tampoco ha encontrado razones para imputar a ningún miembro de las FCSE. ¿No lo sabe? Y la jueza Palacios no ordenó tampoco la más mínima diligencia durante el tiempo que tuvo el sumario. Tampoco ningún otro juez de la Audiencia ha iniciado la menor diligencia de oficio, cosa que presumiblemente podría hacer. Los jueces se lo están diciendo, señor Del Pino, pero usted se niega a escucharles: no existen elementos presumibles de negligencia criminal.

Sin embargo, si a pesar de ello usted cree que existen, nada le impide llevar el resultado de todas sus brillantes investigaciones a un juzgado y hacer la denuncia correspondiente. Si usted lo ve tan claro, no veo por qué un juez habría de verlo menos claro. Por cierto, me parece increíble tener que recordarle a usted, persona inteligente y presumiblemente demócrata, que en un Estado de Derecho es así como funcionan las cosas: si usted cree tener razones para sospechar una conducta criminal (y lleva años diciendo que las tiene), entonces lo que corresponde hacer es una denuncia criminal. Si no la hace, Del Pino, no veo más que una explicación razonable: no se atreve. Y si no se atreve, es porque en su fuero íntimo sabe que dicha denuncia tiene altísimas probabilidades de ser considerada falsa, y es muchísimo más cómodo –y sobre todo muchísimo más rentable—seguir especulando desde su tribuna que enfrentar las duras realidades del Estado de Derecho y sus exigencias de pruebas.

Pero al seguir con esa conducta, señor Del Pino, usted hace un muy flaco favor a nuestras instituciones democráticas y en particular a la judicatura. Esencialmente está mandando a sus huestes el mensaje de que el Poder Judicial no funciona, y que la única forma de lograr la justicia es mediante un juicio paralelo, llevado a cabo por personas no profesionales y totalmente politizadas, basándose en especulaciones sin pruebas, por la simple razón de que no están de acuerdo con las conclusiones «oficiales». No se me ocurre un mensaje más antidemocrático y más subversivo. Como ya le he dicho, no otro es el mensaje de Kaosenlared o del Gara.

En todo caso, lo que está claro es que la judicatura, cuando se ha pronunciado, lo han hecho en el sentido negativo al que usted desearía. Y no por parte de un juez, sino de cuatro. Descartemos por tanto, al menos hasta que usted presente pruebas contundentes (lo cual ocurrirá el día del Juicio Final o aledaños), la alternativa de que hubo conducta criminal en las FCSE (y del gobierno de entonces, que por alguna extraordinaria casualidad que no alcanzo a comprender, siempre se les «olvida» a ustedes sospechar de él). Nos quedamos entonces con la posibilidad de conducta negligente pura y dura, ya sea por parte de las FCSE o del gobierno.

Ahora bien, le voy a sorprender. Convengo con usted en que, dejando de lado el aspecto criminal, las posibles negligencias no se han investigado suficientemente. Siendo un asunto que no concierne a lo penal, esto no corresponde investigarlo a un juez, sino a una Comisión de Investigación objetiva e independiente. La que hubo no lo fue, por culpa de la totalidad de los partidos políticos (repito: la totalidad), y apenas rascó la superficie de la pregunta «¿qué salió mal?». Ningún partido y seguramente ningún medio de prensa se salva de la acusación de haber intentado instrumentar políticamente la Comisión, y hago esta afirmación con profunda pena. Tampoco ustedes, señor Del Pino, los periodistas conspiracionistas. Por el contrario, tal vez fueron los más activos en ese intento sectario. Porque como ya he dicho, la «investigación» que pedían y siguen pidiendo ustedes a voz en grito no es ni objetiva ni imparcial ni desinteresada ni independiente. Ustedes piden una «investigación» que confirme sus ideas preconcebidas, y nunca estarán satisfechos hasta que esto ocurra. Y como la realidad es más empecinada que cualquier idea preconcebida, se sigue de lo anterior que ustedes nunca estarán satisfechos con ninguna investigación.

Pero volvamos al punto y permítame, contra mi costumbre en esta bitácora, hacer una valoración política, intentando que sea lo más objetiva posible. A mi juicio una investigación seria, imparcial y objetiva del «¿qué salió mal?» es hoy por hoy imposible. Esto es culpa de la totalidad de la clase política, que sólo está interesada en exonerar a los suyos de toda responsabilidad al tiempo que acusa al contrario. Y aunque todos son culpables de este comportamiento, no por predecible menos lamentable, a mi juicio los peores, repito, son los que dan juego a insinuaciones conspiracionistas sin la menor base.

Vuelvo a cómo la Comisión del 11-S, sabiamente, evitó investigar las teorías conspirativas sobre dicho atentado. Dieron a dichas teorías la consideración que merecen: ninguna. ¿Hubo entonces políticos que se quejaran de que se cerraba en falso la Comisión? ¿Se hicieron insinuaciones conspiracionistas en el seno de la misma por parte de algún político de la oposición? ¿Hubo medios de prensa de prestigio –digamos, el Washington Post– que presionaran a la Comisión para que admitiera a estudio tales tesis, al grito de «Queremos saber»? Por supuesto que no. Y ello, señor Del Pino, es una de las claves por las que funcionó aquella Comisión y una homóloga en España está, por lo visto, avocada al fracaso. Hay demasiados intereses políticos y un ambiente demasiado enrarecido. Es triste que sea así, pero ustedes, repito, no tienen derecho a quejarse: son de los principales responsables de la creación de dicho ambiente.

Tengas tú razón o la tengamos nosotros, al menos me reconocerás que nuestra insistencia ha permitido que la sociedad española conozca ahora muchos más detalles sobre los atentados de los que hubiera conocido de no ser nosotros tan pesados.

Muy pocos, a decir verdad. Ninguno de relevancia. Y, en todo caso, para ese viaje no se necesitaban alforjas. Podrían ustedes haber revelado esos detalles SIN INSINUAR O AFIRMAR TEORÍAS CONSPIRATIVAS DELIRANTES SIN LA MENOR PRUEBA, y, sobre todo, sin calumniar.a nadie, sin insultar a nadie, sin linchar a nadie a la manera macartista, sin poner en cuestión el Estado de Derecho, sin fomentar la desconfianza en las instituciones por parte de jóvenes impresionables, sin aumentar gratuitamente el sufrimiento de las víctimas fomentándoles dudas sin base, sin mezclar opiniones e intereses políticos en una investigación judicial. En una palabra, si lo hubieran ustedes hecho con la más mínima ética y rigor, no tendríamos nada que reprocharles. Y es que el fin, señor Del Pino, no justifica ni justificará jamás los medios. Lo siento.

Porque hay dos cosas en las que creo que estaremos de acuerdo. La primera: que, para tratarse del mayor atentado de nuestra Historia, el grado de información a la ciudadanía sobre la marcha de las investigaciones ha sido, cuando menos, deficiente.

Pues no, no estamos de acuerdo. Ese «grado de información» es una valoración totalmente subjetiva. Yo no me considero mal informado, entre otras cosas porque en los últimos dos años ha habido poquísimas novedades de las que merezca la pena informar. Una cosa es que ustedes crean que sus «sensacionales» descubrimientos (que invariablemente terminan en agua de borrajas) son dignos de ser comentados por las autoridades, y muy otra cosa es que esto sea verdad. Pero además, existe algo llamado «secreto de sumario» –sé que usted lo ignora, ya que tuvo acceso previo a dicho sumario de forma dudosamente legal–, pero ello es un poderoso factor que impide a los funcionarios comentar el curso de las investigaciones.

Y de todas formas, señor Del Pino, aun si admitiéramos que en efecto la información fue deficiente, no se puede deducir de ello que el gobierno tenga algo que ocultar, como hace usted de forma automática. Lo que tiene que hacer es probar esto último en vez de suponerlo, porque lo que usted hace es un non sequitur como el cinturón de Kuiper de grande…

Y la segunda: que la ciudadanía tiene derecho a conocer hasta el último detalle sobre esos atentados, dentro de las normas mínimas de respeto a la intimidad de los testigos o de los funcionarios.

¿Normas mínimas de respeto? ¿Ha dicho usted NORMAS? ¿Ha dicho usted respeto? No me hable de normas y de respeto, que me enciendo, que pierdo el control. No me hable de normas. Normas que USTED y los suyos no han respetado en lo más mínimo. Usted, ustedes, han calumniado sin pruebas –¡ahora nos lo admite!—y sin rubor: «impúdica cadena de mentiras» se llamaba un artículo suyo, por no hablar de sus acusaciones implícitas o explícitas en contra de los que custodiaron la Kangoo, de los que asaltaron el piso de Leganés (recuerde, tienen nombres y apellidos, vieron morir a un compañero y varios de ellos quedaron heridos, algunos graves), de los que abrieron esa bolsa en Vallecas. Infamia, señor Del Pino, infamia. Sus seguidores se han lanzado a una orgiástica borrachera de acusaciones calumniosas, de infundios delirantes, de insultos gratuitos, de suspicacias macartistas y mentirosas, bajo la mirada complaciente de usted, de Losantos, de los suyos, que han alimentado sus alucinaciones sin rubor y sin vergüenza, que no han expresado jamás una palabra de cautela o reprobación hacia esos excesos. Lejos de ello, se dedican a jalear y agradecer la labor de estos señores.

Usted, ustedes (Losantos, Múgica, Abadillo, Pedro Jota), han faltado a la más mínima deontología periodística. Han cabeceado con titulares que no se correspondían con lo que decía la nota. Han mezclado impúdicamente opinión y noticia. Han dado, invariablemente, una visión sesgada, interesada, apriorística. Ni siquiera han permitido que aquellos a los que atacaban tuvieran el derecho de réplica, el derecho a defender su honor. Todo ha sido subjetivismo, conclusiones predeterminadas, sectarismo. Todo, señor Del Pino, y se lo digo con tristeza, ha sido indecente.

No me hable de normas ni de respeto, señor Del Pino. Si lo desea, admita que se ha equivocado gravemente, y podremos hablar. Pero no venga ahora a presentarse como el apóstol desinteresado de la Verdad cuando usted ha sido el primero en lanzar acusaciones sin base, en convertir especulaciones en afirmaciones taxativas, verdaderos dogmas de fe, en alimentar suspicacias sin fundamento. Lo siento, no cuela. Todo su lenguaje categórico de antes, toda su condescendencia e insultos hacia las FCSE y hacia el juez, no pueden ser borrados por el «buen rollito» de cuatro artículos. Admita que ahora no está ya seguro de nada. Admita que se equivocó al asegurar una infinidad de cosas que no pasaban de ser especulaciones y por tanto no se podían asegurar.

Admita que cuando Múgica dice, enfáticamente: «Han mentido», sobre uno de los temas de los que usted ha admitido no poder demostrar nada –la falsedad del Skoda Fabia– es él, en todo caso, el que miente.

Admita que cuando Pedro J. Ramírez dice que no cabe duda de que las FCSE son responsables de plantar pruebas falsas –véase el artículo No me engañe, señor Ramírez– está afirmando taxativamente algo que no puede demostrar, de lo que no tiene pruebas. Todo esto se deduce, señor Del Pino, de su admisión de que ustedes, los conspiracionistas, no pueden probar lo que dicen. Ahora sea valiente y dé el paso lógico, denunciando que sus correligionarios y usted mismo han faltado gravísimamente a la verdad, de forma temeraria y contraria a todas las normas elementales de la ética periodística.

Admita pues que se ha equivocado. Se ha equivocado por supuesto de metodología, pero sobre todo, como decía Gozalbo, ha usted traspasado temerariamente la frontera de la decencia al hacer acusaciones gratuitas sin pruebas, repito por enésima vez, SIN PRUEBAS –según admisión propia inapelable, repito también– y al permitir y alentar que sus seguidores se lanzaran a esa orgía de acusaciones y teorías descabelladas que cubren de suspicacias inmerecidas a personas e instituciones, y al propio Estado de Derecho, del cual probablemente desconfiarán algunos de ellos el resto de su vida. Y es que, repito, nunca he visto, por parte de usted, una palabra de cautela, un «chicos, estos son especulaciones, hipótesis, vayamos con cuidado, sólo pedimos que aclaren X, no podemos afirmar que Y». Nunca. Por el contrario, usted ha encabezado y alentado un movimiento de sectarismo irracional como pocas veces se ha visto en este país. No venga ahora a vendernos la imagen de moderado que sólo tiene unas cuantas dudas, por favor. Repito, no cuela.

Tal vez usted sea sincero en sus actuales dudas, aunque su temeridad previa no tenga la menor excusa. Pero le aseguro que por muchos que sean sus pecados contra la verdad, y son enormes, somos muchos los que le tendremos en cuenta ahora si reconoce sus equivocaciones.

Es posible que pida demasiado; me bastaría con que contuviera, con declaraciones contundentes («chicos, esto no pasa de ser una especulación, una hipótesis, dejad de tratarlo como la verdad revelada») a sus huestes, y de ahora en adelante admitiera con claridad, cada vez que haga una afirmación sin pruebas, que lo que afirma no pasa de ser una especulación. Es lo mínimo exigible en términos de honestidad intelectual.

Por lo demás, claro que la ciudadanía tiene derecho a conocer. El derecho existe; otra cosa es que sea posible cumplirlo, porque «hasta el más mínimo detalle» casi por definición es incognoscible.. Pero claro, tiene derecho a conocer. Ese derecho, de acuerdo a nuestra Constitución, que lo reconoce, lo otorgan las instituciones al hacer público el sumario y celebrarse el juicio público ante un tribunal. Esos son, repito, los derechos garantizados por la Constitución. ¿Por qué piensa usted que, en este caso, a diferencia de todos los otros en los que jamás se ha quejado (y tiene usted, si me permite, ya bastantes años para haberlo hecho), dichos derechos serán violados? ¿Por qué no permite que el Estado de Derecho siga su curso, que sería la conducta exigible en un demócrata que no tenga bases sólidas para dudar de la efectividad de dicho Estado de Derecho?

Y, si estás de acuerdo en esos dos puntos, tendrás que admitir que la labor que estamos haciendo «los conspiranoicos» tiene también su lado positivo: gracias a nosotros, tú mismo conoces hoy muchos más detalles acerca de esos atentados.

Repito: para ese viaje no se necesitaban alforjas. No se necesitaba calumniar, dispersar infundios, alentar la mentira descarada, la manipulación y la desconfianza irracional en las instituciones. No se necesitaba llamar juez alcornoque, como hacen los suyos, a un ser humano que, hasta donde sabemos (recuerde, usted no tiene pruebas) sólo ha cumplido su deber, haciéndolo además con grave medro de su salud. No se necesitaba insinuar con perfidia que los policías Jesús de la Morena, Sánchez Manzano, los GEOS que perdieron a un compañero y fueron heridos, la funcionaria de la Policía Científica que hizo los análisis, los forenses que hicieron los estudios de Leganés, los Tedax que hicieron la inspección de ese piso, los policías que encontraron la bolsa de Vallecas y los que la custodiaron, los que transportaron la furgoneta, el gruista que les ayudó, los que hicieron diversos estudios sobre el Skoda, los controladores de confidentes, son mentirosos, tramposos, cómplices cuando menos de encubrimiento en el peor asesinato masivo de la historia de España.

No, la labor de ustedes, aun admitiendo que podría tener un lado positivo, es abrumadoramente negativa, es absolutamente terrible. Se les recordará, señor Del Pino, como los mejores colaboradores de la defensa de los procesados por el peor atentado cometido en suelo europeo. Se les recordará, mayoritariamente, como intoxicadores. Y créame, no le envidio por ello.

El fin no justifica los medios. Nunca. Nunca. Y los medios de ustedes, señor Del Pino, han sido infames, intelectualmente deshonestos, deletéreos contra las instituciones democráticas españolas. Nada que haga usted de ahora en adelante podrá cambiar este hecho, aunque una admisión de sus errores mucho mayor de la que hasta ahora ha insinuado –y que ha retractado rápidamente con su vuelta casi inmediata a su actitud suspicaz y conspiracionista de siempre– ciertamente podría ayudarle a redimirse intelectual y éticamente.

Por cierto, un buen comienzo sería olvidarse de la metáfora ajedrecística, de esos «jaques», «tic toc», «peones negros», etcétera. El ajedrez, señor Del Pino, es un juego. Y la búsqueda de la verdad no lo es. Usted prefiere jugar una partida de ajedrez y dar jaques sin ton ni son a un supuesto e inexistente rey blanco.. Yo prefiero el rigor de una investigación sin falacias, sin prejuicios, sin calumnias, con rigor. Adivine quién lleva las de ganar.

Si no le he aburrido, seguiremos en próximos días.

102 Responses to “Acuse de recibo (I)”

  1. Profesor Barbas dice:

    ¿Zougam, ese morito pelanas cabeza de turco condenado «sin pruebas» como autor material reunido con el inexistente Chino Cudeiro? ¿Y estando condenado a pasar su vida en la cárcel, sin nada que perder, calla y se come el marrón? Venga, a otros con ese cuento.

    No teníamos bastante con un ingeniero de realidad virtual que ahora nos crecen los enanos…

    Por cierto, los que han hecho méritos de sobra para pasar un par de añitos en prisión, junto con sus amigos moritos terroristas, son los calumniadores vendedores de humo Ramírez, Losantos y Del Pino. Dentro de poco se constituirá una asociación 11-M Verdad y Justicia para reclamar que estos indecentes pidan perdón a la sociedad española o expíen sus culpas a la sombra, que es lo que merecen.

  2. Profesor Barbas dice:

    Por cierto, peón Ricardo, que no olvide tu asociación pedir el procesamiento del portero automático de la Kangoo, de la cajera del supermercado de Avilés, de la taquillera de Renfe, de los GEOS intervinientes en el teatro de Leganés, de…

    Ah, y de Baladía, por autorizar que se destruyeran pruebas: las ropas y enseres de las víctimas; por autorizar que se incineraran y enterraran y por mentir en la vista oral con afirmaciones contradictorias con lo dicho en la entrevista con LdP tiempo después.

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